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José Enebral
Consultor Sénior
Nanfor Ibérica

E-learning, también para empresarios y ejecutivos
26/03/2009 - Hablemos, por ejemplo y específicamente, de la formación para la innovación. La innovación constituye un reto de la era del conocimiento, pero quizá no le estemos otorgando su significado más idóneo. Más allá de la mejora continua o la mera renovación tecnológica, la innovación genuina apunta a lo desconocido, a la terra incognita de los campos del saber, y sugiere saltos cuánticos en el negocio, los procesos, los productos y los servicios. Un enfocado análisis de bien seleccionadas historias sobre la innovación empresarial (digital storytelling, una posibilidad del e-learning) podría, por ejemplo, resultar oportuno, aleccionador, ilustrativo, para quienes toman las decisiones.

Cabría cuestionar la efectividad de los cursos, por ejemplo, de innovación empresarial, si no se dirigieran a ejecutivos y directivos, porque la innovación suele ser cosa de grandes decisiones, incluso aunque la iniciativa o la idea hubiera surgido en niveles subordinados. Los trabajadores, en entornos catalizadores, pueden ser más creativos y aun recibir formación para ello (cursos de creatividad, por ejemplo); pero la innovación de gran impacto, genuina, no podría materializarse sin que la empresa la persiguiera, orquestara, catalizara y encauzara.

El Plan Avanza 2009 habla de “Formación de trabajadores en innovación, siguiendo un itinerario formativo…”, pero parece referirse a la formación (sin duda inexcusable) de los trabajadores en nuevos métodos o herramientas, en nuevas tecnologías, y es que la innovación es el buzzword del momento. Para impulsar la innovación de impacto en el mercado, la de productos y servicios ofrecidos, habría que formar, mediante contenidos muy específicos (quizá buena dosis de storytelling), a empresarios y directivos: siempre queda algo por aprender, incluido el mejor aprovechamiento del capital humano disponible (aquí, quizá, una cierta asignatura pendiente de empresarios y directivos).

No siempre demanda la innovación grandes presupuestos, ni centros formales de investigación y desarrollo: a veces basta la sagacidad de una sola mente perspicaz o intuitiva, que se active, quizá, por medio de la casualidad, o del pensamiento conectivo, exploratorio, inferencial, etc. Por casualidad y serendipidad surgió, por ejemplo, el denominado silicio negro en el panorama finisecular, o surgió el pegamento de cianoacrilato mediado el siglo XX. En otras ocasiones está, sí, detrás el pensamiento conectivo, o tal vez la intuición auténtica en alguna de sus múltiples manifestaciones; o puede también responder la innovación al empeño de algún pensador crítico en cuestionar lo establecido…; o a la actuación metódica y racional que nos proponía Genrich Altshuller en su TRIZ.

Sin duda, hemos de ampliar nuestra perspectiva en torno a la innovación en la empresa, y profundizar en el concepto y en la necesaria efectividad de los esfuerzos, formales o informales, aplicados. Con estas ideas completé recientemente, unidad a unidad hasta la nº 30, el guion de un curso on line avalado por el Plan Avanza Formación 2008: para contribuir a subrayar las características de la economía del saber y el innovar; para desplegar diversas dimensiones de la innovación genuina con ayuda de historias aleccionadoras; y para destacar también el papel incuestionable del capital humano, del potencial de nuestro pensamiento tras la generación de novedades valiosas.

No les hablaré de este curso on line, sino, en general, de la formación de empresarios y directivos. ¿Acaso el aprendizaje permanente, el lifelong learning, no incluye a la clase dirigente de la actividad empresarial? Si todos hemos de aprender continuamente en la era del saber, entonces también habría de ser el e-learning para todos, contando con los productos formativos idóneos para cada necesidad. No dejen nuestros líderes empresariales de asistir a conferencias y workshops, a jornadas outdoor y eventos diversos; pero utilicen su PC también para un aprendizaje rápido, efectivo y cómodo, cuando resulte posible y aun ventajoso. Si somos lifelong learners, también lifelong e-learners: depende de si encontramos digitalizado lo que buscamos. Pero, ¿por qué insisto en ello?

Parece haber una tendencia o creencia que sitúa a los trabajadores, ocupados o desocupados, como únicos o principales destinatarios de la formación virtual, y al respecto puedo recordar aquí la oportuna y reciente norma UNE-66181 de AENOR, sobre la calidad de la formación virtual. Esta norma (sea bienvenida, si la aplicamos debidamente) viene a decirnos que la calidad de un producto formativo es proporcional a la mejora de la empleabilidad de los usuarios de los mismos, y no cabe duda (o quizá sí quepa: depende de la selección…) de que, cuanto más sepa uno, más posibilidades tendrá de encontrar un nuevo puesto de trabajo.

“La empleabilidad es la capacidad para integrarse en el mercado laboral o mejorar la condición-posición existente”: esto es lo que se nos dice en la norma, y en ello convenimos. Pero no perdamos de vista que el aprendizaje permanente, dentro y fuera del canal virtual, es cosa de empleados y de empleadores, de trabajadores y de directivos, de aprendices y de expertos, de júniores y de séniores… Sería una pena que se tomaran decisiones sin poseer el conocimiento necesario, la amplitud y profundidad de miras requeridas, las habilidades y fortalezas deseables.

Ya se sea trabajador o directivo, diría que el propio mantenimiento del puesto que se ocupa (al margen de ascensos, promociones…) exige aprendizaje permanente, y por ello y quizá, formación virtual junto a otras modalidades al uso. Esta formación virtual, continua y estrechamente unida al puesto ocupado, quedaría, al parecer, fuera del campo de aplicación de la norma de calidad; pero habríamos de insistir, aunque parezca perogrullada, en la necesidad de la formación continua (virtual o no, pero siempre virtuosa), incluso para mantener el puesto (directivo, técnico, administrativo…) que se ocupa, dentro de esta neosecular economía del saber y el innovar.

La sociedad y la economía de nuestro tiempo parece demandar, sí, el aprendizaje permanente, incluso para mantener la productividad en el puesto ocupado. Cada organización es singular, pero yo diría —tales son los cambios en nuestro entorno a que asistimos— que el empresario o ejecutivo debe también aprender (en conocimientos, fortalezas, habilidades, hábitos, creencias, valores…) continuamente por todos los medios a su alcance, intentando hacerlo del modo más rápido, efectivo y cómodo posible, y ello para tomar las mejores decisiones y mantener la solidez de su empresa.

No ha de ser, quizá, el ejecutivo un gran profesional técnico en la actividad de su empresa, pero sí ha de ser un buen gestor en las diferentes ramas de la gestión, incluida la del capital humano. Si en la era industrial podíamos decir otra cosa, ya, en la era del conocimiento, no podemos pensar que el jefe sea quien más sabe de todo, aunque sí deba dotarse de una perspectiva idónea, y deba hacerlo aprendiendo algo nuevo cada día, conociendo a fondo su organización, el sector, los sectores adyacentes, el mercado, las tendencias, los cambios sociales y legales, etc.

Podrá argüirse que los productos formativos de e-learning no suelen presentar contenidos de vanguardia, y que es más seguro leer libros; pero la calidad de los cursos digitales ha de ir mejorando (ojalá contribuya a ello la nueva norma de calidad de AENOR, Asociación Española de Normalización y Certificación), a la vez que, quienes venían escribiendo libros, también se animen —asegurado el respeto a los derechos del autor-guionista— a generar contenidos formativos virtuales y virtuosos, que hagan, como decíamos, el aprendizaje más rápido, efectivo y cómodo.

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